
Hay relaciones que súbitamente se rompen y somos conscientes de ello. Otras, sin embargo, se deshilachan. Vamos sintiendo un desapego cada vez mayor por esa persona que, en su momento, fue capaz de estremecernos, de hacernos sentir que teníamos superpoderes. Pero si nos paramos un momento, si le echamos el freno a esta vorágine despiadada que nos consume, podremos recordar en qué hilo empezó a deshacerse el tapiz "multihilado" de esa relación. La grieta que se produce es tan evidente que ni con todo el superglue de la buena voluntad, ni dándole la vuelta para que quede contra la pared, ni desviando la mirada hacia otro lado menos amenazante, podemos dejar de sentir que está. La grieta está y es, por sí misma, un foco de putrefacción. Puede que en algunos casos, sea sólo una cuestión de tiempo esperar a que acabe de invadirnos por entero. Pero en la mayor parte de las veces, la mera conciencia de saber que está, contamina. Podremos entonces intentar disimular, tapar, ocultar, almibarar, enterrar, hacer como que ignoramos, porque reconocer la ruptura implica tomar decisiones. Y las decisiones duelen. Duele asumir la pérdida, el cambio, la mirada del otro y, aún más, el modo de mirarnos ese censurador interior que tenemos dentro. (27.8.10)